Un paseo por el ámbito de DCN, antes y después: el polígono de Malmea

Son las nueve de la mañana y ya hace calor. El equipo de Comunicación de Distrito Castellana Norte se prepara para una excursión. No vamos a ir lejos, tan sólo unos pocos kilómetros al norte: vamos a dar un “paseo” por los territorios que conforman lo que llamamos el ámbito, es decir, las zonas dónde se erigirá nuestro proyecto,  cuando finalmente nos dejen empezar a construir.

Los técnicos de la empresa nos habían avisado: zapatos planos, ropa cómoda y botella de agua, ya veréis que no va a ser un paseo bonito y placentero… ¡Y vamos si tenían razón!.

Empezamos nuestra excursión por el Polígono de Malmea. Teníamos mucha curiosidad por ver qué le ve de interesante el Ayuntamiento a esa zona, ya que, en contra de todas las tendencias del urbanismo moderno, defiende no desmantelarlo y dejarlo allí, una mancha industrial en el medio de la ciudad.

Cada paso que damos, la curiosidad se transforma en asombro. Fábricas cerradas, ventanas rotas, carteles caídos, abandono y suciedad en cada esquina. Es impresionante pensar que todo esto esté a tan sólo unos minutos desde Plaza Castilla y sus torres de cristal.

En muchísimos edificios cuelgan carteles de “Se vende” o “Se alquila”, pero son carteles viejos y desgastados, como si los propietarios ya no quisieran perder el tiempo ni en cambiarlos. Nos acercamos entonces a uno de los pocos establecimientos abiertos, un taller de coches. Fuera, un trabajador fuma un cigarro a la sombra y aprovechamos para preguntarle: ¿Sabe Usted si lo han alquilado el edificio de en enfrente? Nos mira como si estuviéramos locas: “¿Alquilado? Pero si este cartel lleva años, aquí no viene nadie nuevo. Esta zona la tienen que hacer entera, llevamos años esperando y todo se cae a cachos. Pero vosotras quiénes sois ¿policías? Negamos la mayor y, con sendas caras de póker, seguimos por nuestro recorrido.

Llegamos a un edificio que, a todos los efectos parece abandonado. La verja, sin embargo, está abierta, dentro hay coches y se oyen voces de personas. Nos quedamos un rato mirando y, mientras, se acerca un vecino: “Lo han ocupado, hay dentro gente que hace pinturas o qué sé yo”, nos dice. Luego añade “Esto se lo tenían que cargar. Iban a hacer todo nuevo, esto es un asco y llevamos años esperando, pero nada. Por cierto ¿Ustedes quiénes son?”.

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Saludamos educadamente y volvemos a emprender nuestro camino, pero de repente se levanta algo de viento y todo el aire se llena de un polvo blanco que se mete en la garganta y da ganas de toser. “Pero ¿qué es eso?” nos preguntamos la una a la otra.

La respuesta apenas está unos metros más allá, donde una fábrica de cemento se anima al paso de camiones que levantan el polvo del suelo como en una mini tormenta del desierto. Las hormigoneras son ruidosas y pesadas, echan humo de sus tubos de escape y el olor acre se mezcla al polvo, haciendo el aire irrespirable.

 

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Nos vamos casi corriendo, la verdad es que parece que por aquí no hay mucho más que ver. Pero el camino de vuelta reserva sus sorpresas. Mientras aparcamos el coche en una callejuela para ir a sacar algunas fotos de un descampado, un vecino nos advierte: “No dejéis el coche por aquí, roban mucho” y señala con el dedo hacia una especie de pradera.

La curiosidad nos puede y nos metemos por el camino que se abre entre escombros y basura… ¡Pero esto os lo contamos próximamente!