Un paseo con vida propia

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Un paseo con vida propia

El origen del Paseo de La Castellana se remonta varios siglos atrás, durante los que ha escrito su historia hacia el norte, a base de impulsos y siempre por delante de los grandes desarrollos de la ciudad.

Nació tangencialmente y muy a las afueras del Madrid medieval. Los prados junto al alejado Palacio del Buen Retiro, zona de ocio de la monarquía, dieron nombre al Paseo del Prado, el germen del futuro eje urbano. Su continuación, bautizada como Paseo de Recoletos, seguiría el curso del soterrado arroyo de la fuente Castellana hasta su nacimiento en la actual plaza de Emilio Castelar, esquivando los desniveles topográficos característicos del emplazamiento de la incipiente ciudad y haciendo lo más llano posible este nuevo paseo.

Un incendio como detonante

Pero la fecha decisiva en que se encendió la mecha de su desarrollo fue 1734, cuando el incendio en el que se consumió el Alcázar Real, que se localizaba en el lugar que actualmente ocupa el Palacio Real, obligó a la monarquía a trasladarse al Palacio del Buen Retiro, un complejo arquitectónico del que apenas quedan vestigios y cuyos jardines ocupaban entonces una superficie mucho mayor que el actual parque.

En sus alrededores comenzaron a construirse palacetes a los que se mudó la aristocracia, lo que supuso un revulsivo para el desarrollo de La Castellana. En su trazado, y como una constante, se han levantado inmuebles de primer nivel, iconos arquitectónicos de distintas épocas: señoriales edificios institucionales y museos, así como centros de ocio e incluso un estadio de fútbol.

Y es que, mientras en el sur se concentraban las tierras de labranza, las estaciones de ferrocarril y la industria; hacia el norte serpenteaba por La Castellana el sector terciario, el ocio, el negocio y, desde el desarrollo urbanístico denominado plan Castro (1860), también la expansión residencial.

Pero, en 1929 el Ayuntamiento de Madrid lanzó un concurso internacional para, entre otras cosas, prolongar La Castellana. Aunque se declaró desierto, hubo una propuesta que gustó mucho y algunas de sus ideas se llevarían a cabo más adelante, incluso en nuestros días, como ocurre con el túnel ferroviario subterráneo norte-sur, también conocido como “túnel de la risa”, que enlazará la estación de Chamartín con la de Atocha. Los autores del plan comenzaron las obras de los Nuevos Ministerios, pero su proyecto de gran envergadura se vio interrumpido por la Guerra Civil.

En torno al año 1941, bajo el que es considerado como el primer plan general de urbanismo de Madrid, se desarrolló el entorno empresarial de AZCA, que desbancó a la entonces joven Gran Vía y a la Plaza de España como alternativas donde establecer las oficinas más modernas de la capital. La ciudad no podía crecer por estas vías, debido al obstáculo que representaban el palacio y los jardines reales, y, por ello, se decidió seguir prolongando La Castellana, llamada a ostentar en un futuro la nueva centralidad de la capital.

La Castellana actual

Foto: Getty

Un futuro para el norte

En ese período, se desarrollaron los barrios de Begoña, Fuencarral y Hortaleza, limitando el crecimiento de La Castellana y condenándola a acabar poco después de Plaza Castilla, en un entramado de autopistas (Nudo Norte). A ello se sumó que el Plan General de Ordenación Urbana de 1985 -conocido como Plan Mangada por el apellido de su impulsor-, negaba la posibilidad de crecimiento hacia el norte. En esta situación, el concurso público convocado por RENFE en 1993 para desarrollar los suelos urbanísticos en el entorno de la estación de Chamartín, y el nuevo Plan General de 1997, que admite las dificultades de expansión hacia el norte pero también plantea soluciones, abrieron la puerta a una nueva prolongación de La Castellana.

El proyecto de Distrito Castellana Norte contempla la quinta y definitiva prolongación de este enclave estratégico, completando el tramo entre la M-30 y la M-40, de modo que el nudo de autopistas en el que hoy muere la emblemática calle se convierta en una glorieta urbana para aliviar eficazmente los problemas de tráfico y conectar los barrios cercanos. Su continuidad generará un espacio urbano atractivo que funcionará como eje articulador del crecimiento de la capital. Y es que “La Castellana nunca ha sido una idea preconcebida, ni un bypass, ni una vía de circunvalación”, como defiende DCN.

Su proyecto pretende coser la brecha entre los barrios circundantes, dándoles fachada a un nuevo tramo de Castellana que llegue hasta las puertas del Parque Regional de la Cuenca Alta del Río Manzanares, que a su vez quedará conectado con el resto de la ciudad por un gran corredor verde. Un nuevo punto de encuentro de vecinos y escaparate de arquitectura vanguardista.

Marca Castellana

En el nuevo tramo de La Castellana no faltarán empresas punteras, conexiones de transporte, modernas oficinas, comercios de proximidad y vivienda nueva y social que propicie la ciudad de usos mixtos que abandera el nuevo urbanismo. En este contexto no caben los atascos del Nudo Norte, ni un obsoleto polígono industrial, ni los descampados, los vertidos descontrolados o los asentamientos ilegales. En cambio, sí cabe un gran parque,  rotondas urbanas que redistribuyan el tráfico, pasarelas peatonales por encima de las vías del tren, la ampliación de la red ciclista, más equipamientos públicos y un largo etcétera que genere un tejido urbano vivo con la marca Castellana.

2017-05-24T09:23:55+00:00 17-10-16|DCN, Destacadas|

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